Diez inconvenientes del SDDR para el consumidor

Hace ya más de cinco años que en España se abrió el debate sobre la viabilidad de los sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) para la gestión de los envases domésticos usados. Por el momento no se ha implantado en España, dado el alto grado de incertidumbre que todavía existe en cuanto a su viabilidad económica y social, en relación con las mejoras medioambientales que pueda conseguir.

Si nos centramos en lo que implica para el ciudadano, para el consumidor, existe un gran desconocimiento entre la opinión pública y entre las propias organizaciones de consumidores, sobre lo que es el SDDR y el impacto real en su vida cotidiana. Se puede resumir en diez inconvenientes para el consumidor, a los que cada uno podrá dar mayor o menor importancia, pero que son incuestionables. En primer lugar, no nos van a pagar por reciclar. Es un sistema que devuelve (pero no siempre) un dinero que el ciudadano ha adelantado.

  1. El primero no es un inconveniente, pero sí un importante malentendido. Este sistema no es una vuelta a la clásica “devolución del casco” que se hacía en España hace ya muchas décadas. Nada más lejos de la realidad. Los envases ligeros que entrarían en este sistema, en el momento en que se introducen en la máquina de devolución, son comprimidos y llevados a las mismas plantas de reciclaje a la que irían si se hubieran depositado en el contenedor amarillo. Es decir, cero de reutilización.
  2. El consumidor tiene que habilitar en su vivienda un nuevo cubo o bolsa para separar esta fracción, que se añade a los cubos de separación que ya todos tenemos. Hay que recordar que el modelo actual no puede dejar de funcionar, porque la inmensa mayor parte de los envases no se gestionarían a través de un SDDR.
  3. Este nuevo elemento doméstico tiene que ser de tamaño considerable, ya que aunque el envase vaya a ser comprimido en la máquina de recepción, solo va ser aceptado por la misma si llega en perfecto estado. Es decir, para el mismo número de envases que antes echábamos al cubo amarillo, ahora hace falta, además, otro cubo pero mucho más grande.
  4. El consumidor y su familia tienen que aprender otra nueva norma de separación, y no es sencilla. Por ejemplo, en función del tamaño del envase, si éste es de 3 litros o más, debe ir al cubo de siempre, al amarillo, mientras que si tiene menos, lo tiene que almacenar en su nuevo depósito doméstico para envases que van al SDDR.
  5. Pero no sólo por tamaño, también tendrá que estar pendiente del contenido, ya que solo los envases de determinados productos van al SDDR. Por ejemplo, una lata de cerveza o refresco la tiraría al cubo SDDR, pero una de tomate frito o conservas tendría que echarla al amarillo.
  6. Llegado el momento de tener que llevar los envases a reciclar, ahora el consumidor tiene que hacer dos rutas. Por un lado seguirá llevando sus bolsas de envases al contenedor amarillo, y los envases de vidrio al verde, pero ahora además tendrá que cargar otra bolsa para llevarla a las máquinas o al pequeño comercio donde quiera devolverlos
  7. La planificación es más costosa, porque para el canal SDDR sí existe horario, que es el de apertura del comercio, algo que no sucede con los contenedores. Ya no sirve dejar la bolsa en el contenedor cuando uno sale de casa, o acercarla cuando vas a pasear al perro, por poner un ejemplo. Ahora habrá que ajustar una de las rutas al horario comercial. Por cierto, máquinas que en su inmensa mayoría estarán bastante más lejos de casa que el contenedor.
  8. Tampoco va a ser plato de gusto esperar posibles colas para devolver uno a uno los envases almacenados, recoger el ticket que te da la máquina e ir a la caja del lineal para recuperar el dinero. En el caso del pequeño comercio, simplemente para que el tendero chequee cada envase y te devuelva tu depósito, después de haber atendido a los que están delante de ti.
  9. Pero ahí no queda todo. Si el envase ha sufrido algún desperfecto, la máquina o el comerciante lo rechaza, con lo que te la tienes que volver a llevar a casa, para echarla al cubo amarillo y que retome su anterior camino al contenedor.
  10. Con el mismo anterior inconveniente, el consumidor, pierde el dinero que anticipó al comprar el producto, algo que seguro no le va a hacer mucha gracia, entre otros motivos, porque se aplica el paradójico principio de “quien no contamina, también paga”, y a nadie le interesa perder dinero, menos, cuando es solidario.

En este contexto, llama especialmente la atención que haya varias organizaciones de consumidores que se hayan posicionado abiertamente por este modelo, cuando sin duda va a suponer un inconveniente y un coste para el consumidor, a cambio de muy poco. Este gasto extra hay que pagarlo, porque el SDDR no puede sustituir al sistema actual, es un añadido, ¿y quién suelta la pasta? Al final, en su mayoría, el consumidor, recicle o no recicle, use el SDDR o no. Pero ese es otro tema, que requiere otra reflexión completa, al igual que lo es el previsible pequeño incremento en la tasa de reciclaje de envases domésticos que supondría un SDDR. Demasiado esfuerzo, demasiado gasto, para tan poco beneficio. 

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