Desperdicio alimentario: problema social con solución social

Hace escasos días se habló sobre el desperdicio alimentario. Fue en un evento organizado por AECOC (Asociación de Fabricantes y Distribuidores), en el que el Secretario General de la Plataforma Envase y Sociedad (PES) moderó una interesante tertulia titulada ¿Estamos informando correctamente al consumidor? En ella participaron Pilar Chiva i Rodriguez (directora del área de residuos de la Agencia de Residuos de Cataluña), Carmen Redondo (responsable de consumo de Hispacoop), Núria Riba Pérez (relaciones institucionales de Consum en Cataluña), Francisco García Gonzalez (Presidente del Banco de Alimentos de Madrid) y Fernando Burgaz (director general de la Industria Alimentaria del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medioambiente). Una prueba de la relevancia de este tema es que Su Majestad la Reina de España y la Ministra de Agricultura, Alimentación y Medioambiente, asistieron como público y tomaron parte activa en el debate.

El problema del desperdicio alimentario es muy complejo, ya que tiene connotaciones económicas, medioambientales y sociales. Desde una perspectiva económica conlleva importantes recursos económicos que se invierten en la fabricación y gestión de alimentos que luego no son utilizados.

Desde una perspectiva medioambiental, se trata de un residuo que, como cualquier otro, debe responder al principio de las tres erres: reducir, reutilizar y reciclar. Para la reducción, es esencial seguir avanzando en la mejora tecnológica del envasado, en la correcta interpretación de las fechas de caducidad y consumo preferente, en optimizar la acción de compra, tanto para consumo doméstico como en hostelería, etc. Hay que recordar que el envase es uno de los grandes valores a la hora de reducir el desperdicio, al extender la vida útil del alimento, evitar pérdidas, ajustar dosis, mejorar su conservación, informar al consumidor, e incluso, mejorar sus propiedades con los llamados envases inteligentes.

Para reutilizarlo, aunque en este caso quizás la expresión más precisa sería, redistribuirlo, la donación a bancos de alimentos, las ofertas de productos próximos a caducidad o con sobrepaso de fecha de consumo preferente, son alternativas que pueden dar salida a parte de estos residuos. Para el reciclado, basta con recordar que más del 40% de la bolsa de basura de una familia corresponde a la fracción orgánica. Optimizar la gestión de este residuo generaría que buena parte se convirtiera en recurso, objetivo principal de una política de residuos eficiente.

Desde una perspectiva social, el mero hecho de tirar alimentos, cuando una buena parte de la población mundial pasa hambre, genera un importante contrasentido social; si bien es cierto que no es fácil vincular el desperdicio de las sociedades desarrolladas con las hambrunas de los países en vías de desarrollo.

Sin embargo, el consumidor no es protagonista único de este problema, aunque su papel es esencial para paliarlo. El desperdicio alimentario se conforma en toda la cadena alimentaria, desde el agricultor hasta el consumidor, pasando por el fabricante y por toda la red comercial, incluida, por supuesto, la restauración.

Igual que ha sucedido con otros aspectos clave para nuestra sociedad, como es el reciclaje, la educación y concienciación son la clave del éxito. Por supuesto, acompañadas de la tecnología y de una gestión eficiente. En el caso del reciclaje, quizás los mejores prescriptores han sido los niños, que han concienciado, e incluso educado, a buena parte de los adultos. Un canal que posiblemente también deba ser aprovechado para reducir el desperdicio

Los problemas de marcado carácter social no pueden basar su solución en una respuesta técnica, sino que también necesitan una respuesta social. El caso del desperdicio alimentario, al igual que el reciclaje o el abandono de basuras, se incluye en este grupo y, por tanto, requiere concienzudas estrategias educativas, informativas y de sensibilización.

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